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Lavaderos públicos de Huelma-Por Magdalena Valenzuela

Sep 01
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Traigo hoy este trabajo sobre los lavaderos de Huelma, con la intención de que no se pierda en la memoria lo que fueron estos espacios públicos en la historia de nuestro pueblo, consciente de que corresponde a nuestra generación dejar constancia de lo que significaron en el pasado, porque como no se recojan, dentro de poco nadie los recordará.

Hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando gracias a la revolución industrial despegó la industria textil y se abarataron los precios, la producción de tejidos era muy costosa, y para evitar su deterioro, se procuraba lavarlos lo menos posible. En consecuencia, hasta entonces, incluso en los hogares más pudientes, la gente no se cambiaba de ropa y no la lavaba más que una vez al mes. 

En un principio se lavaba restregando el tejido con jabón  sobre piedras en las riveras de ríos o  arroyos, pero a partir de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, las autoridades tomaron conciencia de la necesidad de dotar a los municipios de espacios públicos donde realizar esta actividad, y no hubo ciudad o pueblo de cierta entidad, que no construyera uno o varios lavaderos.  

En el caso de Huelma fueron tres:

1- El Chopo. Ubicado en la parte más alta del pueblo, cercano al castillo y a la Plaza Nueva. Seguramente es el más antiguo de nuestros lavaderos.

Data de principios del siglo XX, aunque al encontrarse situado junto a una alberca del siglo XVI, no es descabellado pensar que sus aguas se utilizaron desde mucho tiempo atrás para este menester, e incluso existe la teoría de que el actual lavadero pudo construirse sobre otro ya existente.

Se trata de un espacio rectangular, distribuido en dos grandes pilas utilizadas para aclarar y lavar la ropa respectivamente, con ventanas en sus muros laterales y un magnifico techado de madera a dos aguas.

Se nutre del manantial del mismo nombre que según algunas fuentes procede del agua subterránea de La Laguna. 

Hasta bien entrada la década de los cincuenta, las aguas procedentes de este lavadero eran recogidas en varios arroyos que discurrían  a cielo abierto por distintas calles de nuestro pueblo

El más conocido era el que recorría la calle Umbría, yendo a morir a un huerto de la calle Cabezas, Pero no era el único, había dos más, uno atravesaba la calle Villalón y otro la Plaza Nueva y los Carriles.

Aprovechando el paso de estos arroyos por el pueblo, algunas vecinas los utilizaban para lavar la ropa. Para ello, como las calles eran de tierra, cavando un poco, hacían una poza que embalsaba el agua y les permitía poner su tabla de lavar y hacer la colada en su misma puerta. 

Prueba de esto es una fotografía fechada en 1910, en la que aparecen mujeres lavando de rodillas en el arroyo que transcurría por la actual calle de la Umbría.

El lavadero del Chopo, se encuentra actualmente, en un magnifico estado de conservación gracias a la restauración a la que se sometió en el año 2011.

2- Fuente de la Teja. El más alejado de la población, puesto que se haya a un kilómetro aproximadamente de Huelma. Al igual que el anterior, su estructura es rectangular y alberga en su interior veinticuatro pilas individuales situadas en dos filas enfrentadas de doce, y cada una de ellas dispone de un caño de agua independiente. 

Actualmente su tejado lo sostienen cuatro columnas con capiteles dóricos, que le dan un aspecto de edificio romano o griego clásico, aunque esto se debe a una remodelación efectuada en los últimos años, ya que anteriormente, el espacio que ahora ocupan las columnas lo ocupaba una pared con grandes ventanales que dotaban de luz al conjunto.

Adosado a una de sus paredes laterales, se encuentra la fuente de la Teja que le da nombre.

Este lavadero fue obra de Francisco Moya Ogayar, un acaudalado vecino de la Plaza Nueva, que ostentó el cargo de alcalde de nuestro pueblo en diversas etapas entre 1906 y 1910, fecha en que debió construirlo. Según algunas fuentes, lo donó al pueblo en los años 30 del siglo XX.

3-El del Llano de San Marcos. Situado en el lugar del mismo nombre, junto al actual campo de fútbol, que también era conocido como el lavadero del Majuelo 

Se construyó entre los días 23 de agosto al 12 de septiembre de 1912 y el maestro de obras fue José Rubio Fernández.

Este lavadero pudo ver la luz , gracias al donativo de cuatrocientas veintinueve pesetas que hizo al Ayuntamiento de Huelma para tal fin D. Mariano de Foronda y González Valerino, II marqués de Foronda, que aspiraba por esas fechas a alcanzar el puesto de Diputado a Cortes por este distrito.

El donativo no fue suficiente para terminar la obra, pero sí es cierto que el Ayuntamiento solo tuvo que invertir una cantidad mínima con cargo a los presupuestos municipales para finalizarla.

En agradecimiento al marqués, se colocó una placa en el lavadero con la inscripción” Lavadero público construido por iniciativa de Don Mariano de Foronda para el que donó 429 pesetas. Año 1912”

Era de planta rectangular y contaba con un habitáculo de cuatro paredes abierto al exterior por su fachada sur. En su día contó con una cubierta a dos aguas, pero con el paso del tiempo se derrumbó, quedando a techo descubierto, y aunque se continuó utilizando durante muchos años, nunca más volvió a estar cubierto, por lo que se fue deteriorando hasta que se derrumbó y desapareció.

Contaba con un espacio central ocupado por dos pilas, una pequeña destinada a aclarar y otra mayor para lavar la ropa, ambas encastradas en el suelo, por lo que era el único de nuestros lavaderos donde se lavaba de rodillas.

El agua de la que se nutría provenía de la fuente de la Pililla y estuvo en servicio hasta finales de los años 60.

Además de estos lavaderos, existían otros espacios en Huelma utilizados por las mujeres para lavar. El más conocido fue la Fuente de la Peña, situado en la carretera de Montejícar, a un kilómetro aproximadamente del pueblo. No disponía de pilas y se lavaba en  una poza de agua junto al nacimiento.

También se han utilizado como lavaderos las albercas cercanas al pueblo, la de la Sazailla, que estaba en el inicio de la carretera de Montejícar, la Huerta de los Moriscos, cerca del Majuelo, que en realidad era  una charca, o la Huerta Alta, por nombrar algunas.

No quiero acabar este artículo sin hacer mención a la labor social que desempeñaban los lavaderos en la vida de las mujeres. Eran punto de encuentro y tertulia, de confidencias, hervideros de lo bueno y de lo malo, espacio vetado a los hombres, en los que ellas, lejos de las miradas masculinas, se mostraban en libertad. 

Estos espacios eran un soplo de aire fresco que las alejaba, aunque fuera momentáneamente y mientras trabajaban, de la reclusión en el hogar a la que la sociedad de entonces condenaba a las mujeres.

Tradicionalmente se ha dicho que los lavaderos eran para las mujeres lo que los casinos eran para los hombres.

Si consideramos únicamente el aspecto de que ambos eran espacios vetado al sexo contrario, podría ser cierto, pero sin embargo, hay una diferencia fundamental. Los casinos procuraban todas las comodidades posibles a los hombres: tertulias, posibilidad de leer el periódico, jugar a naipes o escuchar la radio en un ambiente caldeado y acogedor mientras saboreaban un café. Las mujeres, en cambio, para poder reunirse fuera del hogar y alejadas de las miradas masculinas, debían hacerlo mientras realizaban un trabajo tan duro como lavar. Con las manos agrietadas y pasando frío en invierno y desfallecidas de calor en verano, atravesando caminos a la ida y a la vuelta de los lavaderos, cargando en sus caderas los canastos con la colada que luego pondrían a tender en sus casas. En consecuencia no creo que se pueda decir que casinos y lavaderos fueran equivalentes.

 

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